DISCURSO INAUGURAL DEL ILMO. Sr. D. JAIME CAMPMANY Y DIAZ DE REVENGA,
ACADEMICO DE HONOR
Palabras en la Academia de Bellas Artes de Santa María de la Arrixaca
Murcia 24-0ct-2000
Excmo. Sr. Presidente de la Comunidad
Excmo. Sr. Director de la Academia
Excmos. Sres. Académicos
l1ustrísimas y dignísimas autoridades
Señoras y señores, amigos y paisanos
Dice don Pedro Calderón de la Barca, cuyo cuarto centenario conmemoramos
este año, que el honor es patrimonio del alma, y al querer recibirme
y sentarme entre vosotros, señores
académicos, en esta recién nacida Academia de Bellas Artes
por causa de honor, me habéis
enriquecido no sólo el nombre, sino también el alma. Honor
con honor se paga, pero yo sólo puedo pagaros el que me dais en
este acto procurando conservarlo limpio y entero, pues ya avisa Salustio
en sus "Sátiras" que el honor consiste en que todos te
consideren hombre de bien, y que lo seas, porque si no lo eres, la mentira
se apagará pronto.
A mí me corresponde esta noche decir aquí solamente dos
palabras, y además repetidas. Gracias y gracias.
Gracias a vosotros, señores académicos, por acordaros de
mi modesto nombre de periodista
de tajo y trabajo diario a la hora de elegir, némine discrepante,
a quien sin duda es el último entre los seis miembros de honor
que recibe hoy, en el día de su fundación, la Academia de
Bellas Artes de Santa María de la Arrixaca, gracias a su Director,
que lleva la sangre y el apellido de una persona a la que me acostumbré
desde pequeño a respetar y a admirar y que pobló durante
muchos años el aire de Murcia de músicas acordadas. Gracias,
Antonio Salas, querido y viejo amigo. Si algún mérito pudiera
yo tener para estar aquí esta noche, en esta fiesta del bautizo
de una Academia de Bellas Artes y de Murcia, es sólo el de haber
vivido toda mi vida en la devoción y dedicación a las Letras,
en la admiración por las Bellas Artes y en mi pasión constante
por Murcia, cuyos gozos son mis gozos y sus tribulaciones las lloro como
mías y una segunda palabra de gratitud para mis compañeros
en esta honrosa dignidad académica por haberme designado para que
en nombre de todos pronuncie aquí una de las palabras más
hermosas del idioma que puedan hablar los hombres en cualquier latitud:
la palabra "gracias", que proclama en quien la pronuncia su
calidad de bien nacido. No sé qué amigable generosidad,
o qué piadosa ofuscación, les habrá movido a concederme
este honor sobre honor, o sea, que es un honor que llueve sobre mojado,
y nunca más oportuna la metáfora. Seguramente habrán
pensado que, siendo yo quien menos merece la distinción, soy por
ello quien tiene más y mayores motivos para agradecerla, y quien
tiene el deber de estrujarse el magín para encontrar las palabras
del agradecimiento más emocionado.
Es una gloria para Murcia y para los murcianos tener entre nosotros a
Ramón Gaya en sus noventa años fecundísimos tanto
con el pincel como con la pluma y que ha rendido un viaje
privilegiado en sucesión ininterrumpida de éxitos y en envidiable
excelencia de amistades casi el siglo XX entero, y no hay exageración
en mis palabras porque a los diez años ya estaba exponiendo pinturas
y conociendo a Juan Bonafé, que aunque nacido en Lima, es hijo
de murciano y largo veraneante en La Alberca. Ramón Gaya es el
último superviviente, quiera Dios que por muchos más años,
de una asombrosa generación de pintores y escultores, de artistas
murcianos. Siempre ha dado Murcia buenos y grandes pintores, pero esta
generación es especialmente admirable. Es la generación
de Ramón Gaya, de Pedro Flores, de Luis Garay, de Joaquín
(siempre le hemos llamado Joaquín a secas, yo ni siquiera recuerdo
el apellido, García quizá), de Almela Costa, de los escultores
José Planes y Juan González Moreno y de otros que también
me vienen al recuerdo como el acuarelista Victorio Nicolás, que
se empeñaba en meter la huerta de Murcia en sus lienzos, y los
escultores Antonio Garrigós, al que conocíamos cariñosamente
como "El Miceno", y Clemente Cantos. A varios de ellos, Planes,
Garay y Joaquín, les debo el regalo de su amistad magistral y generosa.
Fue aquella una generación partida y dispersa por la guerra civil.
Planes tiene que abandonar la dirección de la Escuela de Artes
y Oficios y marcha a Madrid. Luis Garay, González Moreno y Almela
Costa quedan en Murcia trabajando en sus respectivos talleres. Joaquín
regresa a Murcia desde lo que él llamaba la "Universidad de
Ocaña", que naturalmente era el famoso y severísimo
penal. Pedro Flores pinta en París y regresa a Murcia después
de muchos años y Ramón Gaya pasa de Murcia a Valencia en
plena guerra civil, conoce luego los rigores de un campo de concentración
francés, marcha exiliado a América y vive en Méjico,
en París, en Roma, en Venecia, otra vez en Valencia y otra vez
Roma, Madrid y Murcia. Ramón Gaya ha sembrado su pintura en las
ciudades más bellas de los dos continentes, ha conocido y tratado
a muchos de los personajes más relevantes del siglo y ha andado
dando tumbos gloriosos por las salas de exposiciones y por las editoriales
de medio mundo. Estar junto a usted en alguna parte, y más en una
Academia, admirado Ramón Gaya, es un privilegio del cual puedo
envanecerme desde ahora. Enhorabuena por el honor que le hace la Academia
y gracias por el honor que usted devuelve a sus miembros.
Esta generación de Gaya, de Flores, de Joaquín, de Garay,
dejó un reguero de epígonos y de discípulos. Entre
ellos quiero citar expresamente a tres que ya no viven y que fueron de
mi
predilección en su obra y en su amistad. Me refiero a Eloy Moreno,
dueño de una pintura delicada, finísima, casi mínima
y dulce como el santo de Asís, a Mariano Ballester, pintor en constante
búsqueda de fórmulas y estilos, de explosiones de luz y
de colores casi sonoros, y Hernández Carpe, el mejor muralista
de su tiempo y pintor personalísimo, que llenó mis vecindades
de frutas y verduras, de gallos y de paisajes de melodía italiana.
Otros dos están aquí con nosotros, los más grandes
que viven. Sofía Morales, paisana, amiga y casi prima mía,
viene directamente de las enseñanzas de Joaquín, magnifico
maestro aunque inclemente y perverso crítico. Pero si el maestro
hacía una pintura irrequieta, inquietante y a veces perturbadora
(recuerdo de él aquel retrato maligno y precioso de Jose Martínez-Abarca),
la discípula prestigia el lienzo con una pintura que no grita ni
clama, pero que es profunda y sabia, y alcanza en algunos argumentos una
gran belleza. De esa pintura dijo el grande poeta José Hierro que
es un arte hecho de mesura, de sosiego y de equilibrio". Sofía
Morales ha paseado también su pintura por varios países
de Europa y América, y tiene el mérito de la pionera, porque
hasta que ella llega al éxito ancho y al triunfo, creo que no se
conocía otro caso en Murcia de una pintora que alcanzara esa celebridad.
Naturalmente, con Sofía Morales nos hallamos todos en buena compañía.
Al hablar de José Antonio Molina Sánchez resulta obligatorio
destacar su afición, su obsesión por pintar a sus congéneres
los ángeles. Molina es un ángel que pinta ángeles.
En él, pintar jerarquías angélicas es como una divina
manía. De Molina, Molinica para los que le queremos, se puede decir
lo mismo que de don Antonio Machado, que es en el mejor sentido de la
palabra, bueno. Si Eugenio D'Ors construyó toda una angeología
de papel, Molina ha creado una angeología de lienzo. Ha llenado
de ángeles, arcángeles, querubines, serafines, tronos y
dominaciones el cielo de Murcia, de Portugal, de Europa, y los ha llevado
hasta América y hasta la ciudad de vieja cultura fundada por Alejandro
Magno. Murcia, que ya tiene el ejemplo inimitable del Ángel de
Salzillo, cuenta con la muchedumbre de coros angélicos que le regala
Molina. Los ángeles de Molina poseen una leve pero suficiente iniciación
de sexo, y el pintor permite que algunos de sus ángeles sean casi
varones y otros sean casi hembras. Los extrae de la pureza de la indefinición.
Yo tengo en casa un ángel con zaragüelles y estante de procesión,
al que yo llamo "El ángel huertano", ángel de
Murcia, y un ángel que escribe, al que puse encima de mi cama para
que vele mi sueño y me inspire por la noche, y que todavía
no sé bien si nació niño o niña. Cuando escribo
y él quiere leerme, que no es siempre, es el Ángel de mi
Guarda.
Gonzalo Sobejano pertenece a esa raza de poetas-profesores que puebla
gran parte de la dorada generación poética del 27, y que
después ha encontrado varios y notables herederos. Poeta y profesor
fue Dámaso Alonso, a quien tantos estudiantes de Letras le debemos
que nos desmigara los intríngulis de Góngora, y que fue
maestro y guía de nuestro paisano. Poeta y profesor fue mi querido
Gerardo Diego, y Luis Cemuda, que enseñó el castellano en
Estados Unidos, y lo fueron igualmente Pedro Salinas y Jorge Guillen,
que ambos enseñaron en la Universidad de Murcia. También
en Estados Unidos se desarrolla la gran parte de la actividad docente
de Gonzalo Sobejano, y explica la literatura española en las principales
Universidades norteamericanas. Como poeta, gana en Murcia el Premio Polo
de Medina, lamentablemente desaparecido. Como estudioso, desentraña
la obra de
varios grandes escritores, Quevedo, Lope, Cervantes, Mateo Alemán,
Galdós, Valle-Inclán, y dedica especial atención
a Leopoldo Alas Clarín, y de forma muy amplia a su obra más
relevante La Regenta. Yo no puedo referirme a Gonzalo Sobejano ni a nadie
que lleve ese apellido, sin hacer memoria, una memoria tan respetuosa
como agradecida y admirada, de su padre, Andrés Sobejano. Muchas
generaciones de aprendices y estudiantes de Murcia debemos a don Andrés
Sobejano el conocimiento y el amor a las lenguas clásicas ya los
saberes de la literatura antigua y moderna, romántica y contemporánea.
Estoy seguro que a muchos de los que estamos aquí don Andrés
Sobejano nos ha conducido por el camino gratificante del amor a las Humanidades.
En el honor del hijo quiero rendir tributo al recuerdo del padre.
Carlos Egea reúne en su persona, en su nombre y en sus méritos
dos circunstancias que casi, nunca encontraremos juntas. Son como el agua
y el aceite y pocas veces se mezclan. Carlos Egea une a su gusto y devoción
por el arte algo generalmente ajeno e inalcanzable para el artista, que
es la disponibilidad de dinero. Por eso, puede permitirse la liberalidad,
no sólo de amar el arte, sino de estimularlo y de favorecerlo.
Para la creación artística y la conservación de nuestros
tesoros, Carlos Egea es benéfico, beneficioso, benefactor, beneficentísimo,
y por lo tanto, benemérito, es decir, merecedor de premios y honores.
Egea encarna aquí la figura tan egregia y tan necesaria del mecenas.
Preside la Caja de Ahorros de Murcia y siempre, entre los fines altruistas
de la institución, encuentra la manera de apartar algo para el
amparo y el favor a las Bellas Artes. Además, es el más
joven de todos nosotros, y es natural, con esas prendas, que las musas
lo mimen y lo tengan en su predilección.
Hemos llegado al final del cumplimiento de mi deber. Perdón si
me extendí demasiado en mi intervención, pero tengan ustedes
en cuenta que poco, incluso muy poco he dicho para todo cuanto se podía
decir de los seis miembros de honor de esta Academia a la que deseo larga
vida y fecundo trabajo. Murcia y los murcianos, los que aquí tienen
la dicha de vivir y los murcianos del exilio laboral, estamos de enhorabuena.
Démonosla todos y yo os la doy con un abrazo tan largo como mi
amor a esta ciudad ya esta tierra.
Jaime CAMPMANY
|